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5 pueblos imperdibles del Norte de Argentina

Cada uno tiene ese candor propio de su gente y esa calidez en su tierra que es una invitación que susurra despacio “quédate un rato más”.

1. Cachi

Es un pueblito muy pequeño en el sector norte de los Valles Calchaquíes, en Salta. Para llegar a Cachi hay que tomar un colectivo de línea que tardará unas horas en hacer el camino ondulante y angosto por el cerro, con unas vistas sublimes a sus laderas aterciopeladas y verdes. También puedes ir en tours pero para la experiencia mochilera puede irse de presupuesto.

La “Cuesta del Obispo” es una zona del trayecto en que no te alcanzarán los ojos para absorber toda su belleza. Sin mencionar, la paz de ese lugar en el pulmón de un cerro a cientos de metros de altura y el aire puro que inunda los pulmones.

Llegar a Cachi es ver la cumbre del Nevado de Cachi y andar por sus calles adoquinadas mirando su Iglesia, Plaza Principal y las casas pintadas de blanco que resaltan más con el celeste prístino del cielo. Para las fotos, súbete al mirador, al lado mismo del cementerio.

Por la noche, comer cabrito asado sobre un tablón en medio de una callecita mientras un cantor anima la velada con su guitarra bajo el cielo estrellado. ¿Qué más se le puede pedir a este pueblo del Norte de Argentina?

2. Iruya

Para llegar a Iruya, que es un pueblo de Salta, hay que partir desde Humahuaca, que está en Jujuy. En verano el camino suele estar anegado por las lluvias.

El camino, de cornisa y ripio, comunica únicamente con este pueblo imperdible y transita por pasajes tan angostos. No te asomes para abajo pero no dejes de mirar ni un segundo para afuera: los lugares por los que se pasa –cada vez a más y más altura- son un paraíso de cerros y picos nevados.

Ni bien se llega a Iruya, los lugareños esperan para ofrecer una habitación donde alojarse por precios muy accesibles (no hay gran oferta de hoteles, así que ve a lo seguro).

Iruya es un pueblo colgado de la montaña, con calles tan empinadas que te lo piensas dos veces antes de arrancar, y donde hay muy pocos sitios que no están en pendiente –frente a la Iglesia y en la cancha de fútbol-. Si vas con tiempo y el clima acompaña, te sugiero que vayas bien preparado para la caminata de tu vida a un pueblo llamado San Isidro que está más adentro entre los cerros, donde no hay electricidad y tienes que hospedarte con los lugareños.

Este pueblo es algo que cuesta creer: vivir aquí, tan alejado de todo, y teniendo que hacer un camino tan intrincado para comunicarse con otras personas es algo difícil de ver en esta sociedad globalizada. Iruya es imperdible, créanme.

3. Cafayate

En verdad es una ciudad pero su alma tranquila y su entorno de cerros la hacen sentir como un pequeño y acogedor pueblo. Es el corazón vitivinícola de Salta y sus bodegas le hacen fama pero cuando se está allí, vale más pasear por sus calles y sentir su cultura.

Por ejemplo, estar paseando y encontrar a un artesano que hace cestos de mimbre y que te invite a pasar a su casa y se te quede conversando sobre su huerta y su vida. Salir a andar en bicicleta doble por Cafayate y salir a un paisaje de viñedos centenarios con los cerros de fondo. Ir a conocer tierras diaguitas y caminar por dentro del cerro y perderte por los senderos (por eso, procura ir con guía, son lugareños que conocen cómo llegar y cobran muy poco). Tirarte en la plaza y mientras tomas unos mates, miras un espectáculo a la gorra.

4. Purmamarca

Si vas desde Salta hacia Jujuy, Purmamarca es la puerta de entrada a la bellísima Quebrada de Humahuaca, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es un viaje breve y cuando el colectivo entra, ahí nomás, nos recibe el Cerro de los Siete Colores, diferenciándose del resto casi con humildad, como si sus vetas en colores terracota fueran algo común de ver.

En Purmamarca el paseo obligado es por el Camino de los Colorados, un conjunto de cerros color ladrillo intenso que rodea al Cerro de los Siete Colores por detrás. Caminar por entre medio de estas moles, treparlas, encontrarse con alguno de los cardones (cactus típicos del lugar que crecen a partir de determinada altitud solamente) es magnífico.

En medio de la plaza –como en todas las de la Quebrada– verás muchos puestos ambulantes con artesanías de todo tipo, dulces, mantas, instrumentos. El colorido de los productos hacen la postal más linda, y los precios te provocan querer comprar de todo.

5. Tilcara

Podría haber dicho Humahuaca también porque toda la Quebrada es cautivante. Pero en Tilcara las excursiones para hacer son demasiado buenas como para perdérselas. Por ejemplo, ir a la Garganta del Diablo y disfrutar el paisaje del cerro que se abre para una da una inmensa felicidad.

Para llegar hay que caminar por un sendero de pedregullo al bordecito de un precipicio durante algo más de una hora (se puede hacer en coche por otro camino, pero ¿qué gracia tendría?) Se llega hasta el lecho del río y, siguiéndolo, se llega a la cascada por la que el lugar tiene ese nombre. Una excursión sin desperdicio.

También se pueden conocer pinturas rupestres en las Cuevas de Wayra o visitar una laguna en medio del cerro. El Pucará (fortaleza) es el sitio histórico que debes visitar para entender cómo el pueblo originario vivió en tiempos precolombinos y cómo se defendió de la Conquista. Todo en Tilcara es una excusa para emprender una aventura.

 

Fuente: http://viajes.101lugaresincreibles.com